Me acuerdo de un sueño en el que de pronto torcías mi
garganta hasta matarme, como tantas veces yo lo había intentado. Simplemente
ponías tus palmas como tijeras sobre mi cuello y apretabas de tal forma que era
sensillo reventarme los huesos y aniquilarme, con esa sonrisa tan tuya en los
labios.
Pero resulta que me levanté en la madrugada para constatar
mi pesadilla; y allí estabas, tan dormido que hasta las lágrimas se te habían
secado. Bello, dormido, impregnado de un atado de pelos sobre tu rostro. Y en
tus dedos una oración que de seguro no terminaste. Bajo mis ojos despiertas
llorando, gimiendo; o seguiste llorando y gimiendo como antes de dormirte,
mucho antes del “Amén” que crees que salvará nuestra relación y que yo te
repito que no hay nada que salvar pero si mucho por hacer. Abres los ojos para
encontrar mis pupilas brillantes, te enjugas los párpados y me dices: “Soñé que te ahorcaba”. Rozas mi
rostro con la yema de tus dedos. “Fue horrible”, agregas.
Decirte que yo soñé lo mismo sería una conversación
hipócrita más. Un juego de que seguro ambos saldríamos imaginando que sería
terrible tratar de asesinarnos, que nos extrañaríamos tanto que sería un
infierno la vida. Todas de las mejores e inéditas mentiras.
De pronto en su pecho resonó un tambor auspiciado por el frio.
Poco a poco me voy apagando en tu espalda.
Chloe Marina
No hay comentarios:
Publicar un comentario